La procesión cantada

La Saeta no requiere acompañamiento, ni de palmas, ni de tambores, ni de guitarra…, solo precisa ese momento mágico que debe preceder a cualquier cante flamenco: el respeto. Ese ‘saber escuchar’ que no dejamos de inocular en las ‘costumbres flamencas’ todos aquellos que nos dedicamos a la divulgación de este inmenso arte.

Saber escuchar, y saber recogerse ante el cante. Y saber contextualizarlo, en este caso, frente al paso de unas Imágenes que precisan de nuestro máximo respeto. Por eso, la saeta originaria no se dejaba acompañar de ese jolgorio al que ahora estamos acostumbrados y podemos disfrutar cuando viajamos a tierras andaluzas (desgraciadamente para los que nacimos en la fértil Campiña Sur la tradición saetera no tiene arraigo ni herencia por nuestra zona)

Esa era, otro tipo de saeta. La que nosotros conocemos hoy por hoy está considerada flamenco, y los investigadores la sitúan en el primer tercio del XX.

La anterior de las que les hablo se conocen en Sevilla desde 1862 (según afirma el flamencólogo Faustino Núñez) pero no se parecen en absoluto a la que nosotros conocemos como saeta flamenca. Más bien era jaculatorias que parecen esconder reminiscencias musicales judías. Una sugestiva hipótesis apoyada por, entre otros, el escritor israelí Máximo José Khan “Medina Azahara” según la cual la saeta sería cantada originariamente por “marranos”, es decir, judíos recién conversos o cristianos nuevos obligados a elegir entre el exilio o la conversión.

“Una bonita hipótesis a los que hoy los especialistas no prestan crédito alguno” (Ángel Álvarez Caballero, ‘El Cante Flamenco’)

Como ven, la Saeta tampoco es ajena a la diversas corrientes, ideas y personalísimas aportaciones a las que estamos acostumbrados los ‘flamencos’ cuando buceamos en cualquier cuestión. En este arte, en lo único que estamos de acuerdo, es en la pasión que nos provoca. A unos y a otros.

Las ‘modernas’ saetas se amoldan al mejor cante que puede derramar desesperación, sufrimiento y miedo: las siguiriyas. Ahí es donde el cantaor o cantaora encuentra el mejor marco a esa procesión cantada. Sin olvidar, por supuesto, que la saeta también puede cantarse por soleá, por polos y cañas y hasta incluso por fandangos. Y por supuesto, martinetes. Un estilo que pugna en dramatismo con las siguiriyas tan popularizado entre los saeteros modernos.

Ya lo decía el investigador flamenco Hipólito Rossy ‘el martinete ya no suena a martinete, sino a saeta’

En Extremadura, podemos destacara dos grandes cantaoras como el presente de nuestra saeta flamenca: Tamara Alegre (discípula del Niño Ribera) y Mirian Cantero (2º Premio del Concurso Nacional de Saetas de Cartagena 2017) “la saeta ha sido el estilo al que más respeto he tenido siempre, tanto por la dificultad que entraña el cante (sin acompañamiento alguno de ningún instrumento) como por la carga emocional que me supone al unir devoción con tradición familiar. Recuerdo a mis padres y a mi hermana cantando saetas a los pasos de mi Semana Santa cacereña y yo, desde bien chiquinina, emocionándome” me comentaba durante una entrevista hace años la menor de esta saga cacereña de flamencos y flamencas.

Ambas, cacereñas y mujeres. Presente y futuro de nuestro flamenco. Y también, de la que podemos considerar nuestra Saeta, porque si el flamenco crece y se nutre de aportaciones y personalidades, ¿por qué no comenzar a llamarla la saeta extremeña, tan flamenca como nuestra tierra?

Una investigación más, otro camino por recorrer. Como ellas, como estas artistas. Libres, sin un compás musical determinado ni a seguir.

Como las Tonás, como todas las saetas.

Mª Isabel Rodríguez Palop

Periodista e Investigadora Flamenca

www.palopflamenco.com

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M. Isabel Rodríguez Palop

M. Isabel Rodríguez Palop

Una apasionada del Flamenco.

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