Entrevista a Fernando Otero, escritor e investigador

FOTO de José Antonio Zamora

EN CORTO:

“Hemos prestigiado a los opinológos profesionales, a los futbolistas y a los que son capaces de conseguir mucho sin esfuerzo o engañando al prójimo”

“No hay tanta piel fina porque el cantaor o la cantaora sean artistas antes que cantaor o cantaora”

“Sin duda, al flamenco le faltan más y mejores consumidores, y eso tiene consecuencias directas en el plato de comida de los artistas”

‘“La Suite Jonda” es una novela que nace con brújula, no con mapa’

Contar la historia como uno lo siente, sea cierta o no, no deja de ser una verdad como un templo. Como un templo tan grande e inmenso como es el propio flamenco, y ciertos capítulos de la historia de España. En “La Suite Jonda» (Algaida Editores, 2020) del escritor e investigador en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, Fernando Otero (Sevilla, 1978) se entremezcla el sudor, lágrimas, y traición a esos españoles que murieron en el desastre de Aunnin; con la perseverancia de Manuel de Falla, la juventud de Lorca, la visión artística de Zuloaga…, de ese Concurso de Cante Jondo de Granada en 1922, que supuso un hito para lo jondo frente al considerado peyorativo cante flamenco de la época. No es fácil encontrar ya a un Tenazas anciano, salvaguarda de las entrañas de una siguiriya, o a una Niña de los Peines, como jurado de pleno derecho. Un rosario de intelectualidad con la que rezaba lo más sagrado del flamenco.
“La Suite Jonda” es un regalo para los aficionados que recibimos con gozo la irrupción de un nuevo tipo de novela «novela flamenca», aunque el autor no esté de acuerdo con esta aseveración. Yo sigo preguntándome ¿estamos ante un nuevo género literario? y Otero nos responde, a ésta y a otras cuestiones, despacito y a compás. Como los que saben. Pasen y lean.

¿Por qué unir el concurso de cante Jondo con el desastre de Annual?

“La Suite Jonda” es una novela que nace con brújula, no con mapa. Soy un cantaor frustrado que escribe porque es el medio de expresión que encontré.  Así que mi intención era literaturizar el mundo que amo. Regresé a las lecturas de Molina Fajardo y a Félix Grande y a aquel Festival mágico del año 1922. En ese viaje me encontré con el general Juan Picasso destapando las cloacas de Annual. Ahí empezó la creación con mapa. No obstante, hay un vínculo entre ambas historias. Antonio, el hijo del Tenazas, evitó ser enviado a la Guerra del Rif al acreditar que era hijo de un “sexagenario y pobre”.

¿Estamos frente a un nuevo estilo literario, la ‘novela flamenca’?

No creo, o al menos no abordo una historia con un leit motiv que podría entenderse como pretencioso. El flamenco ha sido un género culturalmente “marginal” y minoritario. En este caso, estamos ante la incursión de un género tratado como “menor” dentro de un arte mayor como el novelístico. Hay algunos antecedentes como El Guitarrista de Luis Landero o Pistola y Cuchillo de Montero Glez, aunque no le auguro un gran futuro como subgénero novelístico a la novela flamenca. Tampoco es algo que me preocupe mucho, la verdad.

De lo que se trata es de recrear una realidad a través de un canal. En este caso, en la relación del flamenco con la literatura habría que recordar que una parte de la generación del 98 despreció con contundencia el flamenco.  Por supuesto, no era inquina musical porque ellos ignoraban lo jondo, era un desprecio social. Ellos tenían la mirada de la pureza de la sangre ¿Quién cantaba flamenco en aquella época? Las minorías marginales. El lumpen, los gitanos y andaluces fuera de la ley o “la gente de a caballo y de camino” como escribió Esteban Calderón en Escenas andaluzas

¿Ante qué sintió más responsabilidad?, ¿ante el hecho de narrar un momento histórico de nuestro país; o ante la tesitura de mostrar al mundo la grandeza del flamenco? 

Ambas cosas suponen un reto grande. Abordar un hecho histórico no supone tan sólo recabar datos, imágenes y paisajes sino que debes aprender a pensar como pensaban los hombres y mujeres de los años 20. Hace 100 años había palabras o comportamientos que eran impensables hoy. En una novela de 300 páginas es relativamente fácil cometer errores de este tipo que hacen que tu historia no esté bajo la encarnadura de la realidad. Debes deconstruirte por dentro para convertirte en un hombre de aquel tiempo.

En el caso de literaturizar el flamenco el reto fue doble. Además de la parte histórica tenía que recrear una poética y un misticismo sin caer lo sentimentalón ni en lo folklórico. En esa empresa hay una labor de contención y de equilibrio que te puede derivar casi en una  obligada visita al psicólogo…

«Pero la ficción es casi más auténtica que esta realidad que estamos viviendo en estos tiempos» ¿Se podría trasladar a nuestros días?

No lo tendría claro. Quiero decir que si ponderamos lo que aquel grupo de románticos hicieron por el flamenco y los traemos a nuestros días -con nuestro sistema de valores, claro- no sé si encontraríamos algo de igual magnitud. Vivimos un sistema capitalista donde los valores individualistas priman sobre lo colectivo, dónde el éxito de uno es el fracaso del otro y el fracaso del otro es el éxito de uno. Así que es difícil ver aquel altruismo en nuestros días. No digo que no lo haya sino que no es lo que la sociedad valora. Respecto a la cultura en España es siempre lo mismo. Es la cenicienta de la película. Hemos prestigiado a los opinológos profesionales, a los futbolistas y a los que son capaces de conseguir mucho sin esfuerzo o engañando al prójimo. Eso está más prestigiado que los artistas, que son los educadores de la humanidad porque afinan nuestra percepción o nuestra alma, o que los docentes a los que medimos por las vacaciones.

Sin Lorca, Zuloaga y sobre todo Falla, ¿hoy sería posible un Concurso de Granada como aquel?

Zuloaga puso de su bolsillo el dinero de uno de los premios: 1000 pesetas de la época. Y a Falla casi le cuesta la salud porque lo macharon en la prensa y en las instituciones. El hombre acabó exhausto. Intentó traer a Ravel y Stravinsky al Festival y casi se ríen de él…, era algo así como ¿Qué hace un hombre como usted mezclándose con este tipo de gente? En esa época ya tenía un prestigio. Había estado en París y, como te decía anteriormente, su altruismo fue excepcional. La respuesta es no. O, al menos, a mi entender, sin aquellos hombres no sería posible un Concurso como aquel, quizás otro sí pero no como el del 22.

¿Qué cree que se podría recuperar de esa época?, ¿hemos aprendido algo?

No tengo claro que hayamos aprendido algo. Quizás, más que aprendido, diría que el flamenco ha evolucionado de forma espectacular. Es decir, ahora no hay tanto pánico a que el flamenco se acabe o su autodestruya porque los artistas recreen o apunten nuevos horizontes. No hay tanta piel fina porque el cantaor o la cantaora sean artistas antes que cantaor o cantaora.

En aquella época aquel miedo enfermizo a perder la pureza era muy común. Es decir, el propio leit motiv del Concurso fue salvaguardar la pureza del cante. Con Pepe Marchena el flamenco se estaba autodestruyendo, con Vallejo también, los cafés cantantes y la ópera era una ofensa a lo jondo, los cantes de ida vuelta eran todo falsete, los estilos folklóricos no tenían duende… Y así todo. Yo creo que ese vértigo se ha superado o, al menos, no tiene la intensidad de entonces.

Respecto a lo que se puede recuperar, si pienso concretamente en el curso veo una unión en artistas de diferentes géneros (Segovia, Zuloaga, Machado, Pastora Pavón, Fernando de los Ríos, Ramón Gómez de la Serna, Chacón, Lorca…) que no tengo claro que hoy sea tan manifiesta.

¿Qué es lo que más le ha llamado la atención de la figura de Falla?

Su integridad moral, sin duda. Era un hombre de profundas convicciones. Tras el estallido de la guerra no es que viviera en la indigencia pero sí vivía con sus estreches. Tuvo ofertas económicas mareantes para proyectos musicales que le hubieran facilitado la vida pero los rechazó por no estar dentro de sus cánones artísticos. Esos comportamientos definen la impronta moral de alguien como Manuel de Falla. Eso por no volver a citar su lucha por lo jondo.

Al flamenco de hoy le falta el romanticismo de antaño porque antes, ¿se entendía más?

Bueno, como le decía antes, tendemos a juzgar los hechos pasados con un sistema de valores actuales. Así que creo que más que le falte romanticismo habría que afirmar que el flamenco es hijo de la sociedad de hoy y, por tanto, es heredero de sus valores. Un guitarrista que fue Giraldillo del Toque en la Bienal de Sevilla me contaba hace unos años su añoranza por su modo de vida en sus inicios como artista. Me decía que en su primera etapa profesional se reunía con otros guitarristas para estudiar o que incluso viajaban juntos a los Festivales, había una convivencia que se había perdido. Me decía algo así como que hoy todos tienen su estudio de sonido en su casa, viajan cada uno en su coche y todo era más individualista… Es cierto que convivencia ha cambiado y ese cambio se refleja en el producto artístico que se genera. Por contra, con la globalización y las nuevas tecnologías un guitarrista de Jerez puede tocar con otro del Conservatorio de Rotterdam o de Nueva Orleans sin salir del barrio de Santiago. Eso también ha enriquecido el flamenco. 

¿Qué le falta y qué le sobra al flamenco?

Sin duda, al flamenco le faltan más y mejores consumidores, y eso tiene consecuencias directas en el plato de comida de los artistas. Me explico. La pandemia ha dado al traste con una pequeña industria de los tablaos con la que subsistían muchos flamencos. Sin embargo, en los meses en que no había toque de queda cultural a las 6 de la tarde los tablaos hubieran abierto si el cliente habitual no hubiera sido extranjero. Dicho de otra forma, si hubiera un (verdadero) liderazgo educativo de las Administraciones y la comunidad flamenca para fomentar y divulgar nuestra cultura en el sistema educativo y en la sociedad civil en general, los principales consumidores de flamenco no serían sólo japoneses sino que serían también españoles. Se podrían abrir tablaos sin que el flamenco sea una república bananera y muchos flamencos podrían seguir viviendo de su arte sin esa extranjerodependencia. Por otra parte, yo creo que faltaba unión entre los artistas. Pero como ocurría antaño con los corrales de vecinos, la necesidad une. Creo que la pandemia puede traer cosas buenas. En esa línea, la creación de Unión Flamenca puede ser un brazo político-social extraordinario para los artistas.

Respecto a lo que sobra no lo tengo claro. Tenemos artistas con una preparación extratosférica. Quizás, por lo que te comentaba antes, son todos los que están pero no están todos los que son. Yo echo de menos que los espacios den cancha a otros artistas. Se me vienen a la cabeza cantaores largos y enciclopédicos como el onubense Jesús Corbacho o el manchego Gregorio Moya que me gustaría que tuvieran más espacio, aunque entiendo que son muchos artistas y muy buenos en comparación con las oportunidades disponibles.

En el caso de las cantaoras, hay un nivel espectacular. Disfruto con Inés Bacán, Maite Martín o Marina Heredia. Aunque siento una predilección especial por Rocío Márquez. En primer lugar, es una voz que, en mi opinión, nos faltaba en el repertorio flamenco de las cantaoras. En segundo lugar, creo que ha superado el corsé flamenco para que lo artístico incluya y contenga a lo jondo y no al contrario; pero, sobre todo, es una artista muy comprometida con su realidad social. En estos tiempos individualistas este nivel de compromiso e implicación en los artistas me conmueve.

He de decirle que me gustó muchísimo esta obra, y sentí nostalgia al terminarla. ¿Cree que porque lo que nos enamoró y nos enamora de este arte es complicado encontrarlo?

Gracias por la exigente lectura y la opinión. Quiero pensar que ese vacío del que hablas es un vacío de amor y eso es positivo. Es decir, cuando perdemos algo que amamos desaparece lo físico pero lo espiritual nos acompaña para siempre. Sobre la pérdida del amor al flamenco, desde mi punto de vista lo que nos ocurre es sobre todo que nos añoramos a nosotros mismos cuando revivimos el momento o los años que nos unimos a esta música. Nos recordamos cómo éramos en esos instantes. Recordamos a nuestro padre o nuestra madre cantando flamenco o escuchando a Valderrama o Toronjo en la radio o nos vemos a nosotros mismos de pequeños de la mano de un ser querido escuchando flamenco en la peña de nuestro pueblo…esos momentos son mágicos, pero quedaron ahí y ya no vuelven y por eso los añoramos. Por otra parte, muy de acuerdo contigo en que lo que nos enamora de este arte es difícil encontrarlo. Leyendo ‘Arqueología de lo jondo’ de Antonio Manuel entendí la magnitud de cómo el flamenco nos reconcilia con nuestro pasado.

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M. Isabel Rodríguez Palop

M. Isabel Rodríguez Palop

Una apasionada del Flamenco.

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