Jerez de la Frontera y la memoria. Cada vez que llego a Jerez de la Frontera encuentro dos tipos de compás: el de la bulería, propia e intrínseca, y el de los trolleys rugiendo por los rodillos de la calzada jerezana con motivo del Festival de Jerez. Para mí, sin duda, la nota que marca la diferencia, de éste, del resto de encuentros que, actualmente y como las zambombas, se abren camino a borbotones.
Cada año, comulgo con este santuario del flamenco, donde se respira arte hasta cuando no se busca. Otra diferencia respecto a otros Festivales porque aquí, solo escuchando y paseando, puedes empaparte de la sapiencia de este lugar único.
Una, se cura en humildad (os invito a hacerlo, por el bien del flamenco, por otra parte)
A mi es que me sale solo. Ante el flamenco siempre me nace una genuflexión, un silencio y un ¡vamos a escuchar! También ante mis colegas maestros que me enseñan cada día. Críticos como Manuel Martín Martin que si no existiera habría que inventarlo. También otros que, sin tener esa categoría, solo por su generosidad y por ser, una de las mejores cartas de presentación de Jerez, merece el aplauso de muchos, como el amigo Juan Alfonso Romero.
Jerez me muestra cada año que existe un lugar a donde ir, si una busca el compás de nudillos, bebés en brazos sobre el escenario, y Peñas abiertas a aficionados de todas las procedencias y acentos.
Maestras generosas y humildes que, sentadas en la silla de enea y agarradas al bolso, se ufanan en no moverse demasiado cuando ven a una alumna o a cualquier aficionada marcándose una pataíta por derecho. Y una sabe que son maestras por el gesto, y también porque te lo cuenta justo el que tienes al otro lado, ellas, no lo dirán nunca. Categoría.
Jerez remata su balance del Festival mientras Sevilla va despertando su Bienal, este año, ortodoxa y tradicional mientras se cuelan unas elecciones entre una y otra. Políticos obligados a no perder el compás si quieren sobrevivir…
Si, miro atrás, y recuerdo satisfecha un Festival jerezano que también me ha proporcionado encuentros, nuevos amigos, y noches en La Reja memorables con el vaso de palocortao.
El arte es esto: recuerdo, sabor y memoria.
Por otros 30 años Jerez. Que no se pierda la esencia.