• 13 de dic de 2018

Paco Mora, bailaor

‘Yo ya he aceptado que soy el hijo de la artista’

‘En momentos como cuando Carmencita entrega sus zapatos de baile al maestro para decir: no puedo bailar porque mi padre no quiere.., no puedo evitar llorar por la emoción’.

26 noviembre 2018

QUEJÍOS:

‘En momentos como cuando Carmencita entrega sus zapatos de baile al maestro para decir: no puedo bailar porque mi padre no quiere.., no puedo evitar llorar por la emoción’

 

‘El momento más hermoso es cuando el teatro se levanta para ella. Esa es mi única meta, no hay otra’

¡Como no va a ayudar el flamenco a la hora de recordar, cuando el alzheimer se lleva los recuerdos, si este arte potencia la propia vida! Bajo esta premisa, que sin duda suscribo, el bailaor afincado en Extremadura Paco Mora (Málaga, 1973) ha creado la terapia ‘Flamenco para recordar’, que actualmente se imparte en la clínica Domusvi a una treintena de pacientes en Badajoz.  Una terapia que surge de su propia experiencia, tras cinco años, como único cuidador de su madre, Carmen Mora, aquejada de esta enfermedad. La historia de Paco Mora es un camino de lucha y trabajo, y la de su madre, la de la insatisfacción y la renuncia. Ella quiso ser bailaora y su padre se lo impidió ‘porque no educaba a putas’. Paco Mora si lo consiguió, pero tuvo que dejar de bailar para poder cuidarla. De las noches sin dormir, de la desidia, la rabia, la ira, la impotencia y el arte de los dos, surge la obra ‘Flamenco para recordar’. Un espectáculo con el que podremos llorar, reír, aprender y emocionarnos el día 2 de diciembre en el Palacio de Congresos de Badajoz.

 

El flamenco es curativo…

No cura, no detiene la enfermedad, pero si que consigue que evolucionen con mejor calidad de vida. El flamenco, y la copla o canción española, son el camino perfecto para la ebullición en las emociones y los recuerdos de aquellos que un día perdieron la capacidad de recordar. Con ‘Flamenco para recordar’ como terapia y como obra artística, la relación con mi madre ha mejorado tremendamente. Aunque la enfermedad vaya adelante, esa evolución es más lenta. Ahora hay más sonrisas y alegrías. Me parece que ha funcionado y yo lo defiendo a muerte. Es la base de este espectáculo y de este proyecto en sí.

 

¿Cómo ha compuesto la obra?, no debe ser fácil con una persona con alzheimer sobre el escenario…

Desde el primer momento sabía que mi madre iba a ser partícipe del espectáculo, porque quería mostrar la capacidad que aún tiene una persona. Mi madre tiene un carácter, que esto que estamos haciendo, le va beneficiando día a día. Evidentemente, la parte en que ella participa es de improvisación porque con ella no puedo tener un guión estipulado, aunque yo sí tenga un esquema de lo que puedo ir haciendo, para ir llevándola hacia donde yo creo que debe ir, y para que cuente lo que yo quiero que cuente.

 

Una obra que se divide en varias partes…

Si, la primera parte es ‘Málaga, 1949’ Ahí se relata porqué ella no pudo ser bailaora. Cuento la historia de Carmencita, de cómo con apenas nueve años su madre, mi abuela, la preparaba para ir a dar clases de baile y de cómo, tras la muerte de su madre, mi abuelo le dice que no siga yendo a clases. Ahí se acaba el sueño de ella. En la segunda parte ‘Badajoz, 2018’ vamos dejando claro el cuadro clínico de mi madre, sus  patologías y deficiencias síquicas, y a partir de ahí arrancamos con cuatro bloques: el físico-temporal, donde a través del flamenco la ubico en donde estamos, de donde viene, de donde es, con el gancho del Porrina de Badajoz al que ella admiraba. Segundo bloque: la deshinibición, donde doy rienda suelta a su capacidad. Cómo ella se desinhibe y de por qué los cuidadores tendemos a ocultar eso. Son momentos alegres, divertidos, y donde ella particularmente ‘se sale’. Continuamos con la parte de los recuerdos y nos centramos en su etapa de emigrante a través de temas musicales…, es como si lo que va apareciendo en escena fuera la materialización de lo que ella tiene en la cabeza. Y la última parte: ‘sueños’, donde finalmente yo le bailo a ella y donde ella cumple su sueño de ser bailaora.

 

¿Y cómo reacciona ella?

Pues no sé que le pasa, pero algo ocurre encima del escenario que se crece y se sube, y en esos momentos, ¡ella es inmensa! Yo ya he aceptado que soy el hijo de la artista.

 

Y a usted, ¿qué emociones le provoca?

En los ensayos, no he podido evitar llorar, (silencio) se lo cuento y me emociono, porque imagínese lo que es ver in situ, la historia que ella me había contado. El ver, a Claudia Corchado en el papel de Carmencita, con Daniel Nieto en el papel de mi abuelo, a Aroa Gámez en el papel de mi abuela, verme a mi mismo en el papel de su maestro…, es emocionante. En momentos como cuando Carmencita entrega sus zapatos de baile al maestro para decir: no puedo bailar porque mi padre no quiere.., no puedo evitar llorar por la emoción.

 

¿Cómo se siente?

Hay momentos en la obra, en los que se representa la lucha del cuidador, en este caso yo con mi madre, y aunque se hace de forma subliminal y simbólica, realmente es un momento duro porque le bailo a la voz de mi madre agarrado a una silla de ruedas. Intento transcribir el día a día de una persona con Alzheimer. Los momentos de rabia, ira…, yo dejo la parte bonita para los momentos donde está ella, pero ese momento es necesario para que la gente empatice con esta enfermedad, con los cuidadores básicamente, y ahí van muchas emociones. La presencia, en este caso de Alberto Moreno como ‘la copla’, también es muy emocionante porque es la  representación física de lo que está en la mente de mi madre. Ahí se crean muchas emociones y muchos momentos bonitos. Y por supuesto, el momento más emocionante de todo el espectáculo que es cuando ella se levanta de la silla de ruedas y baila. Ahí yo me siento pleno cuando el teatro…, (vuelve a parar la entrevista y se emociona)…, se levanta para ella. El momento más hermoso es cuando el teatro se levanta para ella. Esa es mi única meta, no hay otra.

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